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Cuando no pude negar lo Gypsy


Si me dieran un dólar por cada vez que he escuchado que República Dominicana me queda “pequeña” tendría mi vida resuelta.

Hasta hoy las personas que me habían comentado esto eran también muy cercanas a mí y yo no tenía por qué dudar que sus intenciones eran genuinamente hacerme creer que soy diferente de mis pares. Y les creo que auténticamente me aprecian suficiente como para convencerse de sus palabras.

Nuestros amigos son especiales para nosotros. No hay nada extraño en que consideremos a nuestros amigos seres extraordinarios. Esta frase es como esa de la cultura popular que mi mamá siempre me repite “para aterrizarme”: “Hay un solo niño lindo en el mundo y cada madre lo tiene”.

Hoy, por primera vez en la vida, escuché a una compañera de trabajo decir en la oficina que deberían prepararme para mandarme a la NASA y supe instantáneamente que el significado emocional en esas palabras era totalmente distinto a las infinitas ocasiones en que había escuchado comentarios similares.

Entonces, recordé un artículo que había leído hace meses sobre cómo la infelicidad se había vuelto un elemento característico en un segmento de la generación Y. Desde años atrás, tenía consciencia de que soy de la generación Y. Incluso, desde hace tiempo también era consciente de qué elementos yuppie se manifiestan en mi vida.

Pero hoy, cual rayo que vehemente me fuerza a abrir los ojos y sentir mi burbuja estallar, esas palabras de esa compañera retumban en mi cabeza con vibraciones tan fuertes que siento chillar cada fibra de mi corazón. No puedo evitar preguntarme cuántas veces esos comentarios que había escuchado habrán tenido originalmente esta connotación que ella con tanta maestría expresó y yo, ególatra al fin, habré tomado como cumplido.

Que no quepo en ningún sitio, siempre me ha quedado claro. Sin embargo, no siempre no se encaja porque el espacio nos queda “pequeño” y no podemos entrar. Si el espacio nos queda tan grande que no podemos ubicarnos “a lo justo”, tampoco encajamos. Así también se lee lo diferente: no necesariamente es mejor o peor.

Hay veces en que siento el entorno enorme y otras en que lo juzgo muy estrecho. Son distintos escenarios, supongo que eso es normal. ¿Qué es lo apasionante de reflexionar sobre esto? Preguntarme cuántas veces no encajé por quedarme grande el espacio y yo jurando que me quedaba chico… Mejor: ¡todas las veces en que fue precisamente lo contrario!

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Publicado en Comunicación, Cultura, Desarrollo, Janssiel, Personal, Profesional, Social, Trabajo

El que paga, manda


Como periodista, se asume que uno tiene el derecho y el deber de informar correctamente, con total apego a la verdad y al bienestar común que ésta supone en la sociedad. Generalmente es así, si te toca la fortuna de trabajar en medios que se respeten. ¿Pero qué pasaría si no te toca la suerte? Tendrías que elegir entre tu empleo o tu paz mental. Ahí, como individuo con facturas que pagar en casa y tal vez hasta con familia dependiendo de tu miserable salario que ganas exponiéndote a innombrables peligros por tu vocación, la posibilidad de perder tu empleo por ”moralista” no entraría en discusión si llevar leche a la casa fuese una necesidad fundamental.

Puede ser paranoia, pero la simple idea de no poder defender lo que pensara me aterrorizó tanto que no esperé a que se siguieran desarrollando los blogs y periódicos digitales, así como otros pequeños medios independientes que hoy funcionan para muchos colegas como medio de trabajo fijo y sustento de su familia. Ése era uno de mis mayores temores: que algún jefe me hiciera escribir o firmar alguna publicación en la que no creyera, en la me sintiera un títere, en la que me sintiera desmoralizada.

Estaba cada día más claro: para que mi respeto por el periodismo se perpetuara hasta el último de mis días, tenía que buscar otra fuente de ingresos de los cuáles subsistir; para que la libertad de expresar mis palabras no se perdiera por la coerción de las más básicas necesidades.

”Una vez periodista, siempre periodista” recuerdo que me dijo un colega hace años cuando justificaba mi decisión de matricularme en la carrera de Administración de Empresas en la universidad, en vez de la licenciatura en Comunicación (el paso lógico, decían, tras dos años de estudios técnicos y estar laborando en un periódico de circulación nacional a mis tiernos 18).

Hoy recuerdo con honda desolación ese día, no por arrepentirme, pues no lo hago, sino por mi ingenuidad al pensar que un cambio de campo profesional sería suficiente para seguir respetándome, cuidando celosamente la calidad de mi trabajo, invirtiendo recursos que me permitieran asegurar la pulcritud del servicio brindado.

”Porque el jefe es el que paga”, ”porque lo dijo el jefe”, ”así lo mandaron a poner de arriba” son algunas de las frases que más rechinan en mi cabeza ante una irracionalidad obligada. Encuentro estas ”justificaciones” indignantes para explicar la mediocridad en la que algunos empleados nos vemos involucrados por ”órdenes del jefe”.

Sucede en todos los ámbitos: públicos y privados; en la violencia económica a la que es sometida la esposa que se queda en casa a cuidar de la familia; en los favores políticos desde el Estado a quienes financiaron la campaña; en los gerentes inseguros que coartan el talento de sus subordinados por miedo a que se destaquen por una perspectiva diferente a la que conocen; con los jefes que no se permiten la apertura a la participación de los demás por miedo a que se desvele algún error, porque estos jefes no pueden equivocarse (categóricamente).

Me ha tocado comandar equipos un par de veces en mi vida y en mi experiencia docente me ha ha correspondido estar a cargo. En cada ocasión en la que fue mi responsabilidad dar una instrucción, hice mi mejor esfuerzo por asegurarme de que mi equipo se sintiera identificado con las razones detrás de cada decisión tomada por considerar una falta de respeto a las competencias de quienes trabajaban conmigo el asumir que ”no entenderían”.

¿Existe mayor humillación que la impotencia ante la impuesta mediocridad profesional? Estoy segura de que hay cuadros mucho más indignantes, pero dependerán de la escala de valoración de cada uno. Para mí, la sensación es tan desagradable que pareciera que la amargura no desaparecería ni comiendo chocolates hasta explotar.

Publicado en Desarrollo, Janssiel, Personal, Profesional, Social

Mi reflexión sobre “Invita un tiburón a tu tanque”.


En el post anterior les compartí un texto que encontré valiosísimo que  ronda en Internet y cuyo autor desconozco. Lo publiqué íntegramente para que pudieran reflexionar sobre la historia y pudieran extraer sus propias conclusiones.

Si los invito a leer y reflexionar sobre un texto, lo más prudente es que yo misma lo haga también, ¿no? Aquí les explico las razones por las que me gustó tanto “Invita un tiburón a tu tanque”. 😀

El texto “Un tiburón en tu tanque” es bastante rico. Sus metáforas sirven verdaderas joyas de sabiduría.

Primero vemos cómo los problemas nos incitan a ser creativos para hallarles solución. Las compañías pesqueras tenían limitaciones en su entorno para conseguir el producto (pescado fresco) que estaba demandando la población japonesa.

Inmediatamente resaltamos la perseverancia para el logro de los objetivos. Vemos cómo las compañías pesqueras buscaron alternativas, una tras otra hasta dar con aquella que pudiera satisfacer sus expectativas. Algunas de las alternativas le exigieron aumentar sus costos de operación e inversión de capital y encontrarse en el mercado con, no sólo con la sorpresa de no percibir mayores ingresos y beneficios, sino tener que bajar sus precios porque su perecedero producto no obtuvo la aceptación esperada.

También apreciamos la importancia de la motivación constante, la evaluación intermitente, la superación periódica.
– El dinamismo en nuetsras vidas es importante y su carencia afecta la manera en cómo logramos nuestras metas. Por eso es básico mantenerse motivado, activo, alerta, estarse moviendo constantemente, avanzando hacia nuestros objetivos.
– Para mantenernos motivados, de vez en cuando, necesitamos evaluar nuestras vidas en sentido general y específico. Notaremos que no siempre nos motivan las mismas cosas, pues nuestras prioridades cambian y metas alcanzadas ceden su protagonismo a aquellas por alcanzar.
– En cada etapa superada, debemos encontrarnos desafíos mayores que nos permitan superarnos a nosotros mismos. Es la única manera de avanzar en nuestro inagotable desarrollo: exigirnos más que lo que ya hemos alcanzado.

Luego el texto mismo explica la mecánica de la motivación, las metas y los desafíos en la vida. Para su mejor soporte, el autor (que no conozco, por cierto) usa recursos de otros autores y los trae a colación para enriquecer sus propociones.

Finalmente, la invitación explícita a, si no te has convencido del poder de lo ya señalado, encontrar un desafío que te obligue a superarte, a que invites un tiburón a tu tanque.

Jatnna Massiel Concepción