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Viviendo la película


​Ese momento de éxito en el que te das cuenta de que ya no ves a los Obama o a Ryan Reynolds y Blake Lively como cánones de la inalcanzable relación perfecta. 

Veo a mi alrededor muchas parejas que son también inspiradoras, que te hacen ver estrellitas en el aire cuando los ves juntos en un momento tan íntimo como compartir papas fritas en un restaurante en el que no creyeron echarían al olvido sus modales.

Pero el instante más fenomenal es cuando, de repente, un rayo de luz te muestra que estás viviendo la película todos los días: que te abren la puerta y suspiras, que amas y te aman con locura, que te nace del fondo del corazón ofrecerle la primera y la última de las papitas fritas a alguien que te busca un vaso cuando te compra una botellita de agua.

¿Y a ti? ¿Te ha pasado como a mí, que por poco mi bendición más grande me pasaba inadvertida por estar priorizando lo secundario de esta vida? Cuéntame tu historia.

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¿Obligatoriedad de que servidores públicos sean clientes de empresas públicas?


​Mi amigo Van Troi ha tocado un tema que nos ha llamado la atención a una parte de la población dominicana. 

Se trata de la visión en la que todos los servidores públicos (incluyendo los altos funcionarios) estuviesen obligados a usar los servicios de los prestadores públicos que participan en un mercado junto a otros proveedores de inversión privada. Ejemplos concretos: La obligatoriedad de todos los servidores públicos de usar el Seguro Nacional de Salud (SeNaSa) como su administradora de riesgos de salud; Banreservas como su banco; las escuelas públicas e instancias infantiles como los centros de atención de sus hijos.

Tengo el dato de que se acerca la publicación de una resolución que ratifica que todos los servidores públicos deben estar afiliados a SeNaSa como su ARS.

En el aspecto de la educación y de las estancias infantiles para cuidar a los niños de menores de 5 años, cuando tengan la estructura para atender a todos los niños, entonces podría darse lo que pides.

Las escuelas y estancias infantiles son, en primera instancia, proveedores de servicios para cubrir el pasivo social que tenemos y priorizan la población más pobre del país. Si todos los hijos de los servidores públicos usaran estos servicios (si son servidores públicos tienen empleos vs. la población más pobre del país que no tiene una fuente de ingresos y protección social tan fuerte como un empleo formal), no habría espacio en las escuelas y estancias infantiles para todos los niños más pobres, ni siquiera para todos los niños de los servidores públicos.

Se necesitarían más escuelas y estancias infantiles, más empleados trabajando en estos programas, etc., para recibir la masa de los hijos de nuestros servidores públicos, incluyendo a aquellos que devengan salarios más altos que la media privada (que regularmente es así, el sector privado está pagando menos para los profesionales que el sector público). El caso de los altos funcionarios es aberrante, pero ellos no solo pueden pagar colegios (la población vulnerable económicamente no puede), sino que a veces son dueños de colegios.

El año pasado nos dieron una charla sobre la resolución que te mencioné que ratificaría que todos los servidores públicos deben estar afiliados al Seguro Nacional de Salud (SeNaSa) y explicaron que el Consejo Nacional de la Seguridad Social (CNSS) no ha evacuado esta resolución dando oportunidad a SeNaSa de que se prepare en estructura para recibir esa cantidad de clientes (extienda su red de prestadores de servicio, su equipo de trabajo operativo, la capacidad de atención de sus servidores de servicio al cliente, etc.). Por esto pienso que este sueño de tantos ha estar en pausa en otros servicios públicos.

Finalmente, como sociedad, nos toca decidir qué Estado queremos. Esta sociedad es capitalista y de derecha: sigue eligiendo políticas de derecha sobre unas más recientes políticas de centro y centro vestidas de izquierda (de protección social). 

Para que todos los hijos de los servidores públicos (incluyendo los altos funcionarios) pasen a las escuelas y estancias infantiles, habría que estar preparados como sociedad para pagar un Estado más costoso que, además, esté interfiriendo con nuestro mercado (compitiendo de manera desleal con la inversión privada en colegios y centros de atención primaria). Como sociedad, ¿estamos dispuestos a eso? Actualmente nuestra visión sumamente derechista del Estado es que debe tener la menor participación posible en el mercado y dejar que sea la oferta y demanda la que regule cómo funciona el mercado. Además, bajo esta concepción, la función del Estado es precisamente impulsar la inversión privada para el crecimiento económico (y estaríamos provocando lo contrario con la obligatoriedad de que servidores públicos tengan que usar los proveedores públicos sobre los privados).

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Taller CAF en el Ayuntamiento de Comendador


Representando a la Dirección de Evaluación de la Gestión Institucional (DEGI) del Ministerio de Administración Pública (MAP) y con el respaldo del Programa de Apoyo a la Sociedad Civil y Autoridades Locales (PASCAL), este jueves 24 y viernes 25 de noviembre, estuvimos trabajando con el Ayuntamiento de Comendador (en la fronteriza provincia Elías Piña). Resultado: 35 servidores públicos capacitados para aplicar el modelo CAF (Common Assessment Framework) como herramienta de mejora continua en la gestión pública.

Quiero agradecer el recibimiento y la retroalimentación recibida por parte del Comité de Calidad del Ayuntamiento de Comendador y su alcalde Israel Aquino Montero por la productiva jornada de trabajo que tuvimos en el inicio de su autodiagnóstico con el modelo CAF. 

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Taller CAF en el Ayuntamiento de Fantino


Mi primera vez en el municipio de Fantino, provincia Sánchez Ramírez. Este es otro beneficio que le debo a la Dirección de Evaluación de la Gestión Institucional (DEGI) del Ministerio de Administración Pública (MAP).

Aplaudo al alcalde Diego Bautista Gómez por su nivel de compromiso con el taller CAF que recibió junto al equipo excepcional que conforma el Comité de Calidad del Ayuntamiento de Fantino. 

Las atenciones que recibimos nos ratificaron aquello que dicen del Cibao: que está lleno de gente buena.

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Taller CAF en CORAAVEGA


Trabajar en una ciudad que amo es un privilegio. 

Agradezco, en nombre de la Dirección de Evaluación de la Gestión Institucional (DEGI) del Ministerio de Administración Pública (MAP), las atenciones recibidas por parte de Omar Beato y su equipo que conforma el Comité de Calidad de la Corporación del Acueducto y Alcantarillado de La Vega (Coraavega) durante el taller CAF que estuvimos impartiendo para ayudarles en su proceso de mejora continua.

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Cuando no pude negar lo Gypsy


Si me dieran un dólar por cada vez que he escuchado que República Dominicana me queda “pequeña” tendría mi vida resuelta.

Hasta hoy las personas que me habían comentado esto eran también muy cercanas a mí y yo no tenía por qué dudar que sus intenciones eran genuinamente hacerme creer que soy diferente de mis pares. Y les creo que auténticamente me aprecian suficiente como para convencerse de sus palabras.

Nuestros amigos son especiales para nosotros. No hay nada extraño en que consideremos a nuestros amigos seres extraordinarios. Esta frase es como esa de la cultura popular que mi mamá siempre me repite “para aterrizarme”: “Hay un solo niño lindo en el mundo y cada madre lo tiene”.

Hoy, por primera vez en la vida, escuché a una compañera de trabajo decir en la oficina que deberían prepararme para mandarme a la NASA y supe instantáneamente que el significado emocional en esas palabras era totalmente distinto a las infinitas ocasiones en que había escuchado comentarios similares.

Entonces, recordé un artículo que había leído hace meses sobre cómo la infelicidad se había vuelto un elemento característico en un segmento de la generación Y. Desde años atrás, tenía consciencia de que soy de la generación Y. Incluso, desde hace tiempo también era consciente de qué elementos yuppie se manifiestan en mi vida.

Pero hoy, cual rayo que vehemente me fuerza a abrir los ojos y sentir mi burbuja estallar, esas palabras de esa compañera retumban en mi cabeza con vibraciones tan fuertes que siento chillar cada fibra de mi corazón. No puedo evitar preguntarme cuántas veces esos comentarios que había escuchado habrán tenido originalmente esta connotación que ella con tanta maestría expresó y yo, ególatra al fin, habré tomado como cumplido.

Que no quepo en ningún sitio, siempre me ha quedado claro. Sin embargo, no siempre no se encaja porque el espacio nos queda “pequeño” y no podemos entrar. Si el espacio nos queda tan grande que no podemos ubicarnos “a lo justo”, tampoco encajamos. Así también se lee lo diferente: no necesariamente es mejor o peor.

Hay veces en que siento el entorno enorme y otras en que lo juzgo muy estrecho. Son distintos escenarios, supongo que eso es normal. ¿Qué es lo apasionante de reflexionar sobre esto? Preguntarme cuántas veces no encajé por quedarme grande el espacio y yo jurando que me quedaba chico… Mejor: ¡todas las veces en que fue precisamente lo contrario!

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Ejemplo de liderazgo: Dan Price


Mientras los regidores y alcaldes de Santiago se aumentan el salario con unos presupuestos institucionales de lástima y una sabana de demandas de parte de los munícipes, los ejemplos de contraste se hacen necesarios.

El ejemplo de Dan Price debe ser el estudio de casos asignado en un taller para los funcionarios que alcanzan posiciones públicas sin el: conocimiento de administración pública, de la composición y función del Estado, de su misión y de su visión nacional.

En un taller distinto, pero también válido, se podrían invitar a otras figuras de poder político y empresarial para que conozcamos y contrastemos estos estilos de autoridad, las filosofías que hay detrás de estas estrategias.

Como un ejercicio de reflexión en el contexto de las sesiones de discusión del Comité Nacional de Salarios, esas que parecen el despliegue de argumentos pobres que se sientan a beber café y se quedan inmóviles como en una fotografía del siglo pasado, recordemos el caso de cómo los empleados de Dan Price, también conocido como “el mejor jefe del mundo”, decidieron sorprenderlo con un regalo inolvidable.

Dan Price, un empresario en sus treinta y tantos años, se dio a conocer en grande como el mejor jefe del mundo por renunciar a devengar un salario de un millón de dólares anuales para poder aumentarles el sueldo a los empleados de su negocio Gravity Payments, una empresa dedicada a procesamientos de tarjetas de crédito que tiene asiento en la Seattle, la ciudad más grande del estado de Washington, Estados Unidos.

Price, en abril del año 2015, cuando sus empleados ganaban 50 mil dólares al año, modificó las políticas de Gravity Payments para que en un plazo no mayor a dos años, en el 2017, sus colaboradores recibieran un aumento. El costo de este aumento salarial para Gravity Payments fue que su máxima autoridad renunciara a devengar un salario anual de un millón de dólares para que todos ganaran 70 mil dólares de sueldo anual, incluyendo al director, el propio dueño del negocio.

Sus empleados, agradecidos e inspirados, ahorraron por seis meses para regalarle un Tesla Model S, el vehículo de los sueños de Price, totalmente nuevo y en color azul eléctrico.

El jefe no se lo esperaba. Estaba tan agradecido que ninguna palabra hacía justicia a todo lo que quería expresar y sus colaboradores se manifestaron felices por la reacción, pues buscaban devolverle “una cucharada de su medicina”.

Parece una fábula, pero no tiene nada de ficticia esta historia que se puede confirmar con publicaciones alrededor del mundo.

Sería bastante interesante analizar otros datos sobre este caso, como estudios de productividad después del aumento de Gravity Payment y otros indicadores de gestión del talento humano en esta compañía estadounidense, especialmente sobre los efectos de este aumento en la misión y visión del negocio.

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Taller CAF para la FARD


Gracias a mi compañera Marisol Acevedo por todo lo que me ha enseñado.

Hoy tuvimos la oportunidad de impartir en conjunto un taller CAF para la Fuerza Área de República Dominicana, atendiendo su solicitud a la Dirección de Evaluación de la Gestión Institucional (DEGI) que representamos en el Ministerio de Administración Pública (MAP).

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El que paga, manda


Como periodista, se asume que uno tiene el derecho y el deber de informar correctamente, con total apego a la verdad y al bienestar común que ésta supone en la sociedad. Generalmente es así, si te toca la fortuna de trabajar en medios que se respeten. ¿Pero qué pasaría si no te toca la suerte? Tendrías que elegir entre tu empleo o tu paz mental. Ahí, como individuo con facturas que pagar en casa y tal vez hasta con familia dependiendo de tu miserable salario que ganas exponiéndote a innombrables peligros por tu vocación, la posibilidad de perder tu empleo por ”moralista” no entraría en discusión si llevar leche a la casa fuese una necesidad fundamental.

Puede ser paranoia, pero la simple idea de no poder defender lo que pensara me aterrorizó tanto que no esperé a que se siguieran desarrollando los blogs y periódicos digitales, así como otros pequeños medios independientes que hoy funcionan para muchos colegas como medio de trabajo fijo y sustento de su familia. Ése era uno de mis mayores temores: que algún jefe me hiciera escribir o firmar alguna publicación en la que no creyera, en la me sintiera un títere, en la que me sintiera desmoralizada.

Estaba cada día más claro: para que mi respeto por el periodismo se perpetuara hasta el último de mis días, tenía que buscar otra fuente de ingresos de los cuáles subsistir; para que la libertad de expresar mis palabras no se perdiera por la coerción de las más básicas necesidades.

”Una vez periodista, siempre periodista” recuerdo que me dijo un colega hace años cuando justificaba mi decisión de matricularme en la carrera de Administración de Empresas en la universidad, en vez de la licenciatura en Comunicación (el paso lógico, decían, tras dos años de estudios técnicos y estar laborando en un periódico de circulación nacional a mis tiernos 18).

Hoy recuerdo con honda desolación ese día, no por arrepentirme, pues no lo hago, sino por mi ingenuidad al pensar que un cambio de campo profesional sería suficiente para seguir respetándome, cuidando celosamente la calidad de mi trabajo, invirtiendo recursos que me permitieran asegurar la pulcritud del servicio brindado.

”Porque el jefe es el que paga”, ”porque lo dijo el jefe”, ”así lo mandaron a poner de arriba” son algunas de las frases que más rechinan en mi cabeza ante una irracionalidad obligada. Encuentro estas ”justificaciones” indignantes para explicar la mediocridad en la que algunos empleados nos vemos involucrados por ”órdenes del jefe”.

Sucede en todos los ámbitos: públicos y privados; en la violencia económica a la que es sometida la esposa que se queda en casa a cuidar de la familia; en los favores políticos desde el Estado a quienes financiaron la campaña; en los gerentes inseguros que coartan el talento de sus subordinados por miedo a que se destaquen por una perspectiva diferente a la que conocen; con los jefes que no se permiten la apertura a la participación de los demás por miedo a que se desvele algún error, porque estos jefes no pueden equivocarse (categóricamente).

Me ha tocado comandar equipos un par de veces en mi vida y en mi experiencia docente me ha ha correspondido estar a cargo. En cada ocasión en la que fue mi responsabilidad dar una instrucción, hice mi mejor esfuerzo por asegurarme de que mi equipo se sintiera identificado con las razones detrás de cada decisión tomada por considerar una falta de respeto a las competencias de quienes trabajaban conmigo el asumir que ”no entenderían”.

¿Existe mayor humillación que la impotencia ante la impuesta mediocridad profesional? Estoy segura de que hay cuadros mucho más indignantes, pero dependerán de la escala de valoración de cada uno. Para mí, la sensación es tan desagradable que pareciera que la amargura no desaparecería ni comiendo chocolates hasta explotar.

Publicado en Columna en 24Horas.com.do

La tristeza es de quien queda


Esta es la actualización de mi columna para el lunes 21 de abril de 2014. Por problemas técnicos, mi espacio en 24Horas no fue actualizado a tiempo. Les copio íntegramente el artículo.
La tristeza es de quien queda
En nuestro país, más de un millón de personas se trasladaron desde y hacia varios lugares en esta recién pasada Semana Santa y, como era de preverse, los accidentes, las intoxicaciones y las pérdidas humanas se fueron anotando en las libretas de tragedia. La última vez que revisé las anotaciones, sumaban 25 los muertos y se habían registrado cientos de heridos.
Dejamos atrás la Semana Santa de 2014 con amargura, insospechadamente más honda de lo tradicional. Estamos acostumbrados a que los accidentes cobran muchas vidas en estos días, pero no contábamos con que este año perderíamos a Gabriel García Márquez, José Luis “Cheo” Feliciano y a nuestra Sonia Silvestre.
A estos grandes artistas, a quienes debo todo mi respeto, les sobreviven familiares y fanáticos alrededor del mundo, pero sobre todo les inmortalizan sus obras literarias y las canciones que popularizaron.
Son muchos los invadidos por la tristeza y es normal. Siempre que se pierden seres queridos nos toca lidiar con emociones que quisiéramos evitar. Me conduelo con todos aquellos cuyas puertas ha tocado la tragedia. Lamento que estén sientiéndose tan mal, tristes, impotentes, decepcionados de la vida.
La muerte es lo único certero que tenemos. Desde que nacemos, de lo único que estamos seguros es que vamos a morir. Deberíamos vivir cada día preparados para partir de este mundo en cualquier momento, pues es el único evento que, tarde o temprano, sucederá; lo aceptemos o no.
En los años recientes, me he dado el lujo de pensar que estoy preparada para morir en cualquier instante, que no dejo problemas a nadie, que soy afortunada porque no me tortura la idea de que dejo grandes responsabilidades sin atender o deudas no aseguradas. Sin embargo, hay algo en lo que no había reparado: estoy lista para morir, pero no para perder a quienes quiero. No estoy preparada para perder a mis abuelas, mis padres, mi hermano, mis amigos, ni siquiera a mi amado Benjamín, un hermoso niño que no ha visto la luz del día, que sigue cómodo en la pancita de su extraordinaria madre.
Todavía hay días en que extraño a Lucía, una amiga a quien perdí en octubre de 2011 y que este 7 de mayo por venir se estaría acercando un año más a sus treinta. El día menos pensado recuerdo a Lucy diciéndome que tendríamos que ir a cualquier lugar el viernes, que cualquiera de nuestros amigos pasaría por ella y, por supuesto, también por su “sis”.
No sabría qué decir o pensar sobre el estado de los que han partido, si nos reencontraremos o no, si eso valdría la pena. Lo que sí sé es que ninguno de ellos es presa de la inflación, la delincuencia, el sistema esclavista disfrazado de sistema político-económico “más desarrollado”. Lo que sí sé es que ninguno de ellos se preocupa por el cáncer, la diabetes, la cirugía bariátrica para la que no tienen dinero. Lo que sí sé es que ninguno de ellos piensa en que el sueldito no les alcanza para pagar la hipoteca o en que ni casita podrían comprar en República Dominicana. Lo único que sé es que el problema es del vivo, como lo es la tristeza y la desolación, el esfuerzo, el dejar “el forro” cada día en el pluriempleo que les ha tocado asumir para sobrevivir. Lo único que sé es que la tristeza es de quien queda.